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Luisely y Kay Pov

«Para mi Kay Pov se convirtió en mi casa, en mi hogar en Jean Rabel; si sentía alegría o tristeza iba allí para compartirlo con ellos». Así habla Luisely, una voluntaria de Estados Unidos (hija de puertorriqueño y venezolana), que desde que vino hace unos años (la primera vez en 2008, la segunda en 2010…) se comprometió con Kay Pov y con las personas que allí viven.

Cuando Luisely habla de Kay Pov se le ilumina la cara y le sale una gran sonrisa. Ha movilizado a su familia (su padre y uno de sus hermanos vinieron a Jean Rabel para hacer la ducha de la casa de los pobres) y a muchas personas en Estados Unidos para que colaboren. Ademas, forma parte del grupo de personas que en Jean Rabel «lucha» para que las cosas mejoren en Kay Pov y que las personas que allí viven tengan un trato digno y las mejores condiciones posibles de vida.

Ella entra en Kay Pov despacio y empieza a saludar a todos, los besa y abraza. «Ellos sufren mucho rezado y una sufre al ver como los tratan», explica mientras peina a la única mujer que vive en Kay Pov. Se ha ganado la confianza de todos gracias a su entrega y se dedicación. Al principio algunos lo querían que los tocaran, entonces ella, por ejemplo, les cantaba para que se sintieran  a gusto.

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Kay Pov se fundó en 1982 por un grupo de mujeres de la Iglesia de Jean Baptiste (junto a la que está la casa de las hermanas), y aunque ellas siguen «teniendo el control», son otros miembros de la comunidad los que se aseguran de que las personas que viven allí (que ahora son cinco) se asean, coman y tengan la casa limpia.

En la foto además de Luisely está Erika Capré  (vestida de azul), que va a diario y sin cobrar. Es estudiante y empezó a ir con Luisely en 2010 y sigue siendo fiel. «Cuando yo comencé a venir veía que no estaban bien, que estaban muy mal. No quiero que vuelvan a ese estado, por eso sigo viniendo», dice Erika.

De blanco, al fondo, se ve a Betiz Banilia, la mujer que tienen contratada para que se encargue de lavar la ropa. Una de sus hijas prácticamente se ha criado en Kay Pov, donde muchas veces acompaña a su madre. Gilmiz, de cinco años, tiene una sonrisa increíble y es muy lista. No para de charlar, correr y hacer reír a todo el mundo. Es como un angelito que les recuerda a las personas que viven en Kay Pov que pueden sonreír.

El sábado pasado cuando fuimos allí,  la madre le decía a Leo… «Llevátela, que contigo va a estar mejor. Yo quemo la ropa (que es lo que se hace cuando se muere una persona en Haití) y ya está». Nos contó Nazarteh que Betiz tiene seis hijos, pero que sólo puede mantener a tres con lo que gana.

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Gilmiz se volvió loca con las fotos y con los vídeos.  Se las enseñaba a todos los que estábamos en Kay Pov, las que le hacíamos y las que hacia ella. De verdad que es listísima. Habla como un loro, de repente te suelta frases en inglés y tiene muchas ocurrencia. Nos preguntó a Leo y a mí si volveríamos otro día, y le dijimos que sí. Luego, se lo preguntó a Luisely, quien le dijo que ella ya se tenía que volver a Estados Unidos, y entonces suelta: «Pero si tú no vienes, quién va a traducir lo que dicen ellas».  Niños como Gilmiz hay muchos en Haití. Lo tienen todo para ser lo que quieran ser. Lo único que necesitan es que se les dé una oportunidad.