Para algunos niños en Haití todo puede ser un poco más difícil todavía. Además de lo complicado que es ser niño aquí, si a ello se une tener algún retraso o alguna discapacidad prácticamente quedas excluido de la sociedad y hasta tu familia te mira con mala cara y te esconde.
Para los haitianos, tener un hijo con discapacidad es un castigo por algo que los padres han hecho mal. Las familias suelen esconder a estos niños para que no se les señale y cuando dan a conocer su situación o piden ayuda suele ser para conseguir dinero para comida que luego, en realidad, destinan a los hijos sanos.
Esta tarde hemos ido a una comunidad en una zona muy árida de Jean Rabel, L’Acadien, donde hace un calor sofocante y las sombras son escasas. Allí hemos conocido a dos hermanos de 5 y 7 años (aunque aparentaban 3 y 4, y además el 5 parecía mayor que el de 7) que tenían síndrome de Down. Nazareth ha ido derecha a buscar a los niños al sitio donde guardan las gallinas, porque dice que los padres muchas veces los tienen allí. Estaban a medio vestir y muy sucios. Sin palabras. Se han quedado encantados con unas piruletas y unos caramelos, pero que vida tan dura tienen y no quiero ni imaginar la que les espera. Por lo menos, éstos dos hermanos están escolarizados.
Éste es uno de ellos. Se calcula que en la zona de Jean Rabel hay casi 500 niños con alguna discapacidad. Este sábado vienen dos fisioterapeutas extranjeras que están en Puerto Príncipe para ver qué tratamiento pueden seguir algunos de ellos para mejorar su movilidad. En otro pueblo del Norte de Haití, en Marerouge, trabaja con pequeños con discapacidad desde hace cuatro años y medio Magda, una misionera laica italiana. Se estudia la posibilidad de ampliar su campo de acción también a Jean Rabel, aunque hacen falta muchos medios para poder llevarlo a cabo.
La acción que se va a llevar a cabo este sábado es un primer paso. Magda dice que ella quería «estar con los más pobres entre los pobres». Lo dice serena y feliz. Le encanta donde la ha llevado la vida y lo que hace cada día. «Soy feliz», nos explicaba cuando la conocimos, porque está donde siempre ha querido estar.

