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Qué difícil es ser niño en Haití…

Qué difícil es ser niño en Haití… O, al menos, aquí en Jean Rabel. Nos cuenta Nazareth que «aquí  el niño no importa nada, que importa el adulto; un niño con tres años no vale nada». Nos dice que cuando se muere un niño para algunas familias es como una especie de alivio, porque el pequeño va al cielo y va estar mucho mejor que con la vida tan dura que le tocaría vivir. Cuesta creer cosas tan duras.

Los niños crecen rápido y las niñas, más todavía. Por los caminos se ven a muchos pequeños de cinco o seis años (incluso menos) llevando animales (cabritos, cerdos o burros), productos para vender o cubetas de agua. Muchos trabajan antes de saber escribir su nombre o sumar y restar.

Algunos van a medio vestir, y en la mayoría de las ocasiones los ves descalzos. Aunque eso no es un problema para ellos, pisan donde sea, tienen los pies de acero.

Además en Haití está la figura del «restavec». Son niños de familias tan pobres que éstas no pueden hacerse cargo de ellas y las entregan a otras familias para las que el pequeño trabaja a cambio de la comida y alojamiento. Cuando la cosa va bien, los niños ayudan en las tareas del hogar y son tratados con cariño. Sin embargo, también se dan casos en los que se les trata como animales y se les explota.

En el taller de mujeres que tienen aquí las hermanas está Tata, que de pequeña fue «restavec». A ella, la familia con que vivía la ataba a la pata de la mesa para que no se escapara. Pese a esa experiencia, Tata es un encanto. Siempre que nos ve tiene una sonrisa y un abrazo para nosotras.

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Las mañanas que pasamos en las escuelas con los niños no tienen precio. No sé si se lo pasan mejor ellos o nosotras. Lloran muy poco, poquísimo. Sólo cuando se caen en algún juego y se hacen daño, y eso los más pequeños de dos o tres años. Aunque bueno, hay uno que se llama Richton que siempre va pegado a su hermana, y llora cuando intentamos que haga algo. Nos dicen que le da miedo que seamos blancas.

Estos niños, además,  están más que acostumbrados a que se les diga que no, no rechistan ni insisten, y son muy obedientes. Les encantan los globos, es increíble lo locos que se vuelven jugando con ellos.

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Estas dos fotos nos la hizo María de Mar el jueves pasado. La primera es en la puerta del colegio cuando llegamos, y en la segunda estábamos bailando una de las canciones que hemos traducido al kreyol. Los niños son muy cariñosos. Se pelean por darnos la mano a Leonor o a mí, y eso sólo por ser blancas.

Lo de los nombres ya es otro tema. Tienen unos nombres que para nosotros son rarísimos. Decidimos hacerles un cartelito (para nosotras también) a cada uno con su nombre para intentar aprendérnoslos, pero ni con esas. Es hasta complicado cuando los queremos leer. Los fáciles, de los que sí me acuerdo, son Mi Louse, Love-Dayca, Mac-Anelson, Rovensky, Stephane, Wedmayca, Samcara… Todos distintos, no se repite ninguno.

Esta tarde nos pondremos a preparar las actividades de esta semana. Qué ganas de que llegue mañana…