En estos días en Jean Rabel entre las cosas que estamos aprendiendo es que el aguante y la fortaleza de las mujeres haitianas no tiene límite.
Hemos conocido a mujeres que sacan tres, cuatro o cinco hijos adelante cuando su marido las abandona, otras que llevan trabajando desde que tienen uso de razón, que caminan horas cargadas con cosas en la cabeza para vender en el mercado, que buscan sin descanso cómo alimentar a sus hijos. Mujeres que no tienen tiempo nada más que para luchar cada día por poder sacar a su familia adelante.
Las ves y te das cuenta de que son mujeres fuertes. De otra manera no podrían mantener el ritmo de vida que llevan. Nazareth nos explica que «son las segundas para todo». Ocupan el segundo lugar y lo asumen. Si alguien en la familia tiene que dejar de estudiar para ponerse a trabajar son ellas, cuidan de los hermanos como si fueran sus madres y muchas son madres antes de dejar de ser niñas.
Una de las cosas que más nos ha costado comprender es la relación matrimonial. Hay muchos maridos que tienen otra familia, que no es la oficial pero que se sabe. O hombres que dejan a su familia, se van con otra mujer y cada vez que quieren vuelven a su casa, donde la mujer no puede mas que hacer como si no pasara nada.
Las mujeres necesitan tener un hombre cerca, aunque sea en esas condiciones, porque sin nadie que las pueda defender quedan expuestas a poder sufrir abusos de cualquiera. Es habitual cruzarnos con personas y que nos digan, mira ese tiene una familia aquí y otra en Puerto Príncipe o en cualquier otra ciudad. O cuando preguntas a los niños cuántos hermanos tienen y te dicen que cinco hermanas y seis hermanos, surge la duda de… pero todos del mismo padre.
Están acostumbradas a luchar y poco a pasarlo bien. Eso lo comprobamos el viernes pasado, cuando organizamos una especie de fiesta de despedida del taller con comida y bebida. Estaban casi todas con cara seria, con la cabeza baja. Sólo se rieron cuando las cinco españolas (Nazareth incluida) nos pusimos a bailar La Macarena para intentar animar un poco la cosa, pero ni con esas… Unas risas y otra vez las caras serias.
En el taller se las ve trabajar y trabajar, casi ni hablan entre ellas. Cuando entras y saludas te responden y al segundo vuelven a su tarea. María del Mar, que ha estado con ellas en el día a día, las ve con una «cara pesada», dice que «trabajan casi sin respirar, son muy sufridas y no valoran su propio esfuerzo y las cosas que hacen». De todas formas, también cuenta que las ha visto ilusionadas con las cosas nuevas que han hecho y que «eso es una señal».

