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Con ellos y (casi) como ellos

El último fin de semana lo pasamos Elena, Gardyne, Leo y yo en Platon Diany, y estuvimos en una casita que tienen las hermanas en ese pueblecito de la montaña. La casa es igual a las que ellas promueven para las familias que lo necesitan.

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Es de una planta con tres cuartos. La puerta principal da a una habitación en la que  hay unos hornillos de gas, una mesa con las cosas de cocinar y una cama. A través de una puerta se pasa a una segunda habitación con otra cama y un armario de tela y de ahí se pasa a otro cuarto con otra cama, una mesa y otro armario. Todas las habitaciones tienen una ventana y una puerta al exterior.

En la casa no hay ni luz ni agua corriente. Tampoco hay cuarto de baño. En su lugar, teníamos una letrina rodeada por unos paneles de chapa y, aparte, una ducha hecha con los mismos materiales y un tubo conectado a un bidón en el que se acumula agua de la lluvia.

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La casita es encantadora, aunque cuando llegamos allí el viernes por la tarde no sabíamos si reír o llorar.  En la zona no hay mosquitos, pero sí un bicho que es una mezcla de araña (por la forma que tiene), grillo (porque hace un ruido parecido) y saltamontes (porque salta). En la casa había cuando llegamos, por los menos, 40 bichitos de esos. Cuando reaccionamos, nos pusimos como locas a matar a los intrusos… pero cuando parecía que ya habíamos acabado, aparecen más. Detrás de los armario, debajo de las camas…

Al final conseguimos que no quedara ninguno. Y ya pensábamos en una noche tranquila, cuando Gardyne nos dijo que para dormir teníamos que cerrar todas las ventanas y todas las puertas. Por seguridad, nos dijo. Así que allí estábamos las cuatro en una habitación, sentadas en unas sillas hablando y muertas de calor, sudando y sin que corriera ni una gota de aire.

Cuando el domingo le contamos a Nazareth que dormimos con todo cerrado su respuesta fue: «Si los tontos volaran, ministros del aire». Nos dijo que podíamos haber dormido perfectamente con las ventanas abiertas, aunque no sé yo si lo hubiéramos hecho, porque la amenaza del bicho mutante era peor que pasar calor. Dicen que no hace nada, que es inofensivo, pero es tan feo y grande, que eso te salta encima en mitad de la noche y te da un infarto. Tengo fotos para demostrar que no exageramos, pero no es plan de ponerlas aquí.

El hornillo de gas no funcionaba, y para cocinar nos tuvimos que apañar con una especie de camping gas pequeñito. De eso se encargo Gardyne, y la comida salio riquísima el sábado (arroz blanco con salchichas) y el domingo  (pasta con tomate). Nos llevamos una garrafa de agua potable grande, y para lavar los platos y eso utilizábamos agua  de una cubeta que nos trajo un vecino y un par de barreños.

Una vez adaptadas al nuevo entorno, pasamos todo el fin de semana organizando juegos con los niños del pueblo y compartiendo tiempo con la gente de allí. Nos trataron estupendamente y nosotras estuvimos como en casa. Los pequeños eran agradecidos no, lo siguiente, y en cada juego aplaudían y cantaban muchísimo. También organizaron partidos de fútbol con un balón que llevamos (gracias Willy) y que, al final, se lo quedaron allí.

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En estos días en Jean Rabel estamos pasando mucho tiempo con la gente, pero el fin de semana hemos vivido casi como ellos y eso hace que los admiremos todavía más.