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Regreso a Fond Ramadou y a Platon Dyanni

Esta semana hemos ido a dos pueblecitos de los alrededores de Jean Rabel a los que les tengo especial cariño del año pasado. El primero es Fond Ramadou, donde Leo y yo ibamos todas las mañanas a hacer actividades con los niños. El otro es Platon Dyanni, un lugar en la montaña donde las hermanas tienen una casita como las que han hecho para más de 800 familias de la región.

A Fond Ramadou fuimos el lunes y martes a estar por las mañanas con los niños, la mayoría de los cuales también venían el año pasado. Me dio mucha alegría volver a verlos y, sobre todo, verlos bien. Han crecido y están más espabilados. Al principio, como suele pasar, todos serios, pero en cuanto cogen confianza no paran de reírse.

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Bueno, casi todos. Este años había un pequeñín que en cuanto nos acercábamos Ana, Marika o yo se ponía a llorar sin consuelo.  Lo mismo no pasó en Colette con una niña de dos años. Cuando le preguntamos a los más mayores que por qué reaccionaba así al vernos nos contaron que a algunos niños les dicen que los blancos son el diablo y por eso nos tienen tanto miedo.

Uno de los días Ana hizo un vídeo al niño de Fond Ramadou al que no le caemos muy bien… y al que su padre traía de todas formas!

El miércoles por la mañana nos fuimos a Platon Dyanni, donde estuvimos hasta el viernes. El año pasado contaba que la experiencia es muy intensa porque vives prácticamente como lo hacen ellos: sin luz, sin agua corriente, una de las habitaciones hace las veces de dormitorio, cocina y comedor, no hay cuarto de baño… Para ducharte sales fuera de la casa y hay un bidón de agua con un tubo rodeado de cuatro chapas metálicas y enfrente hay una letrina.

Estuvimos paseando por el pueblo, fuimos a visitar a algunas personas que conocía Nazareth (a la mayoría les habían hecho la casa) y organizamos actividades con los niños, a algunos de los cuales ya conocía. Cuando vas a una casa siempre son muy amables y atentos… Sacan sillas para te sientes, mientras ellas se quedan de pie o se sientan en el suelo o la escalera de la entrada.

Los niños de Platon Dyanni también se las ingenian con lo que tienen para pasárselo bien. Los vimos con pelotas hechas como de trozos de tela, con una botella y un palo hacían rodas la tapa de un bote y con los restos de una carretilla ya tenían su propio vehículo.

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Con los niños estuvimos haciendo manualidades y juegos. En Platon Dyanni hay algo especial. Cuesta adaptarse a una vida tan diferente a las que estás acostumbrada, pero enseguida le tomas cariño, porque los niños aquí no pueden ser más agradecidos. Todo les va bien, todo lo disfrutan y todo les gusta.

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A todo ello se une que es un lugar tranquilísimo, con un paisaje espectacular con el mar de fondo a lo lejos y donde ver anochecer te deja embobado.